El año pasado por estas fechas acabábamos de volver a la
limitación de 120 km/h en nuestras autopistas, después de unos meses a 110. El
motivo fue el ahorro. El precio del carburante se había disparado, sobre todo por
la guerra de Libia, y la situación económica obligaba a reducir gastos.
La medida, vista con el paso del tiempo y comparándola con
los recortes salvajes de la actualidad, me parece cada vez más acertada. Era
una forma de ahorrar sin quitarle nada a nadie, sino haciendo norma
obligada la responsabilidad de cada ciudadano consigo mismo y con los demás.