viernes, 6 de julio de 2012

La dudosa utilidad de los coches sin conductor


El proyecto Autopía, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), lleva 16 años en marcha, desde 1996. El objetivo es crear un sistema para que los vehículos sean autónomos, esto es, que los coches puedan circular sin conductor, por medio de complejos sistemas de posicionamiento.

Este proyecto tuvo su último capítulo el pasado mes de junio, con la realización de un recorrido de prueba desde San Lorenzo de El Escorial hasta el Centro de Automática y Robótica del CSIC, en Arganda del Rey.


Platero, el vehículo autónomo que participó en la prueba, necesita saber una gran cantidad de datos del recorrido, ya no solo las carreteras por las que circular, sino otros más concretos como el estado del firme o las condiciones meteorológicas. Como aún no hay un sistema eficiente para proporcionar estos datos al automóvil, fue necesaria la presencia de un coche guía, que iba unos metros por delante de él y, si bien no le marcaba la trayectoria que debía seguir, sí le iba enviando cada segundo los datos necesarios para que el coche autónomo hiciera el recorrido exacto y sin ningún percance.

Platero, el Citröen C3 en el que se ha desarrollado la tecnología.
Al margen del logro que supone este experimento y el gran avance de la tecnología en estos años, creo que habría que cuestionarse la utilidad del proyecto.

Transportémonos a un hipotético futuro. La tecnología de los coches sin conductor ha sido exitosamente desarrollada y es posible que estos automóviles se comercialicen. ¿Qué supone este hecho?

Una de las razones para desarrollar esta tecnología es el intento de reducir los accidentes al mínimo. Entiendo que si todos los coches fueran así, siguieran su trayectoria escrupulosamente, cumpliendo todas las normas de seguridad vial y sin sobrepasar en ningún momento los límites de velocidad ni jugar con el alcohol al volante, las muertes en carretera se podrían reducir al mínimo, exceptuando los inevitables fallos mecánicos, tanto de los propios vehículos como de sus sistemas de posicionamiento. La siniestralidad en carretera sería similar a la que sucede en el metro o en los trenes.

Pero esto solo sería posible si todos los vehículos fueran autónomos, para lo cual no habría más remedio que prohibir la conducción manual. Y digo que no habría más remedio porque puede que para los participantes en este experimento conducir sea una tediosa obligación, pero para otros muchos ciudadanos, entre los que me incluyo, conducir es un placer, una experiencia de la que disfrutar, una vía de escape en ocasiones. Para quien disfruta conduciendo, la única manera de comprar un coche autónomo sería si los vehículos convencionales no fueran legales o, simplemente, no existieran.

Yo no veo eso posible. No creo que con el paso de los años nadie siga manteniendo el gusto por la conducción, hasta tal punto que desaparezcan los vehículos manuales como lo hicieron las cintas de vídeo. La conducción sería más parecida a los discos de vinilo, que siguen teniendo su club de fans por muchos nuevos sistemas de almacenar música que se hayan inventado.

Pero claro, un disco de vinilo no puede chocar contra un cd y provocar la muerte de personas. En cambio, si se permitiera la convivencia de ambas formas de conducción, los coches autónomos no podrían cumplir su función de evitar accidentes, puesto que estarían a merced de los que pudieran provocar los conductores irresponsables. En este contexto, no creo que tuviera sentido la circulación de coches autónomos.

En lugar de conducir, se puede leer un libro durante el trayecto.
¿Y qué hay de la exploración? Estos vehículos automáticos podrían ir desde Madrid a Valencia por autopista sin mayores problemas, pero no sé si serían capaces de llegar hasta la finca de los abuelos en el pueblo, teniendo que transitar por pistas forestales, o permitirían un paseo en todo terreno por caminos de dudosa existencia, cruzando ríos o atravesando dunas.

Otra posible solución sería acotar las zonas de acción de ambos vehículos. Esto implicaría que los autónomos tuvieran sus propias carreteras, dejando a los manuales otros caminos alternativos. ¿Esto es viable? Habría que duplicar las carreteras. ¿Y qué haríamos en las ciudades? ¿Dividirlas en sectores, en barrios en función de los coches de cada familia?

La idea de separar el mundo en función de los automóviles parece una locura, más propia del apartheid o de las películas de ciencia ficción. También pueden parecer estas cavilaciones algo exageradas, pero sería necesario plantearse cómo podría cambiar la sociedad si proyectos como Autopía triunfaran.

Lo que sí es cierto es que si los coches autónomos evitan los accidentes, su convivencia con vehículos convencionales anularía esa ventaja y la prohibición de la conducción manual parece algo descabellado.

Por lo tanto, sin menospreciar el trabajo de los científicos ni minusvalorar los resultados obtenidos, creo que el mundo de los coches autónomos no tiene muchas opciones en un futuro próximo. La existencia de los trenes, el metro, los tranvías y otros medios parecidos, los aviones y demás formas de transporte público, ya son suficientes alternativas para los que no quieren conducir, un placer que no tiene por qué ser negado a las personas que disfrutamos de ello.

El mundo de la automoción tiene otros problemas en los que se está trabajando, como su inherente dependencia del petróleo. Los coches eléctricos ya son una realidad y, a poco que mejoren sus prestaciones, podrán sustituir a los modelos de gasolina y hacer del transporte privado no solo una opción placentera, sino ecológica y barata.

Los coches del CSIC y toda la comitiva que los acompañó.
El coche sin conductor parece una solución desproporcionada para el objetivo de reducir los accidentes de tráfico, máxime cuando queda tanto por hacer: la concienciación social (sobre todo relacionada con la velocidad excesiva y el consumo de alcohol), la mejora de las carreteras, la actualización de las normas de circulación, la renovación del parque automovilístico… Todas estas acciones, viables hoy en día, reducirían en gran número los accidentes de tráfico. Y, para el que no quiera conducir, seguirá existiendo el transporte público.

Vaya desde aquí mi felicitación al equipo del CSIC por los logros obtenidos y espero que esta reflexión sirva de algo si en un futuro este proyecto se convierte en una realidad. No obstante, a día de hoy, lo veo innecesario.